REQUIEM  Op. 48

 El Requiem de Fauré se distingue de los otros Requiem del siglo XIX en que no es una obra operística y en que evita escrupulosamente el terror del juicio final. Se encuentra en completo contraste con los Requiem de Berlioz (1837) y Verdi (1874) cuyo largo efecto dramático él detestaba. Fauré entendía su Requiem como algo íntimo, pacífico y amable. Como él le dijo al crítico Luis Aguettant en julio de 1902: “Veo la muerte como una liberación bienvenida y una aspiración hacia la felicidad suprema, más que una experiencia dolorosa”. En este sentido se apartó instintiva y sistemáticamente de todo aquello que era considerado correcto y apropiado. “Después de tantos años de acompañar los servicios funerarios en el órgano de la Magdalena de París, quise escribir algo diferente”. Como él mismo dijo a su hijo Philippe en 1908: ”Para mí el propósito del arte y especialmente de la música, es elevarnos lo más alto posible por encima de la existencia cotidiana”. Su Requiem, casi tanto como sus composiciones maduras, intenta trascender la realidad y expresar lo inexpresable.

  Contrariamente a la creencia popular, la muerte del padre de Fauré en 1885 no tuvo nada que ver con el inicio de la composición del Requiem. Parece haber sido la muerte de su madre la víspera de año nuevo, la que le llevó a completar el Agnus Dei, Sanctus e In Paradisum en 1887. La idea original fue un modesto Requiem de cinco movimientos para su propio coro (con un joven sopranista en el solo del Pie Jesu) y una pequeña orquesta de viola, chelos, bajos, arpa, timbal y órgano continuo (con un etéreo solo de violín en el Sanctus). Este  primer Requiem fue representado para un servicio funerario de primera clase para Joseph Le Soufaché en la Iglesia de la Magdalena el 16 de enero de 1888. Sólo después decidió Fauré añadir un barítono solista e insertó el Ofertorio.

  A pesar de que el Requiem de Fauré se interpreta frecuentemente en las salas de conciertos, fue concebido para uso litúrgico. La palabra Requiem tiene una considerable prominencia en toda la obra, menos en el Ofertorio y el Sanctus, siendo apropiadamente usada para el comienzo y el final de la composición.

  Abundan los pasajes memorables en el Requiem de Fauré y lo sitúan aparte de otras músicas religiosas que tienden hacia lo romántico y sentimental. Gran parte del interés melódico radica en la orquesta desde las elevadas líneas de la cuerda en la segunda parte del Introito y del Agnus Dei,  hasta el bellísimo y suave violín obligado en el Sanctus y en el inolvidable tema del órgano en In Paradisum.